El alma y el cosmos son fuego.
El alma-fuego está incluida en el mundo-fuego del que se alimenta al respirar.
Comunmente se incluye a Heráclito entre los primeros filósofos físicos, que pensaban que el mundo procedía de un principio natural, y este error de clasificación se debe a que, para Heráclito, este principio es el fuego.
El principio del fuego refiere al movimiento y cambio constante en el que se encuentra el mundo.
Esta permanente movilidad se basa en una estructura de contrarios. La contradicción está en el origen de todas las cosas.
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sábado, 18 de enero de 2014
viernes, 3 de enero de 2014
¡¡ANDE VAS PUEBLO!!
Recojo este artículo de Juan Carlos Monedero porque me parece un estudio de una realidad física y filosófica que nos invade a buena parte de los ciudadanos y que aquí se refleja sin agresividad ni estridendias.
Mover ficha: volver a saber que sí podemos
Corría el año de 1553 y Éttiene de la Boétie, en su Discurso sobre la servidumbre voluntaria, se preguntaba cómo era posible que una sola persona gobernase sobre todo un reino. Acertaba a señalar que la rutina era la principal enemiga del cambio. Hoy sabemos que la obediencia al poder político tiene también otras razones junto a la resignación (que crece y crece cuando no se ven alternativas). La coacción, como siempre ha sabido el poder, es bien importante para sembrar miedo (“hijo, tú no te signifiques”). De hecho, siempre es su última razón. También consentimos si vemos legitimidad en el poder político. En nuestros países esa legitimidad viene del proceso electoral y del cumplimiento de los procedimientos. No es de menor importancia la inclusión ciudadana (disfrutar de todas las ventajas de la vida social). Si la sociedad te abandona ¿por qué no va a abandonar tú los compromisos con la sociedad? Y, por supuesto, razón no le faltaba a de la Boétie, sigue siendo esencial para el orden existente impedir que el pueblo salga del sopor conformista al que invita el elevado muro de la imposibilidad y la inutilidad del cambio que arman los que mandan. Todas estas razones de la obediencia están rotas en España. ¿Entonces?
Nos distraemos con quimeras, nos conformamos con migajas, construimos horizontes con espejitos, nos asustamos con bravuconadas y nos resignamos con el relato de nuestra supuesta impotencia. Intuimos que somos muchos y muchas y que la indignación nos va creciendo. Pero al igual que el mundo griego y romano prohibía a los esclavos vestir de la misma forma para evitar que se supiera que eran muchos, nosotros nos prohibimos a nosotros mismos encontrarnos en ese gesto que nos cuente que estamos en la misma pelea. Aunque nos repitamos mil veces que la unión de los que tienen razón hace la fuerza.
El poder sabe mejor que nosotros mismos cuál es nuestra potencia. Y nos tiene más miedo del que imaginamos. ¿Por qué ahora una ley ciudadana que convierte en delito casi cualquier protesta en el país con menor índice de delincuencia de Europa? ¿Por qué llenar el barrio burgalés de Gamonal de antidisturbios? ¿Por qué presentar cada disenso como una escuela de terrorismo? ¿Por qué presentar el derecho a decidir como un delito y no como una oportunidad? Porque el régimen del 78 sabe que la situación en España está cogida con las meras pinzas de nuestro convencimiento. Y no tienen mucho más. Y si empezamos a decir que sí se puede…
Bastó que se expropiasen en el supermercado de una multinacional cuatro carritos con aceite, lentejas y garbanzos para que pareciera que se hundía la civilización occidental. La ciudadanía protesta en Burgos porque les están robando la ciudad y el gobierno del PP tiene que redoblar la represión porque necesita creer que detrás no está el tío Juan y la tía María sino comandos itinerantes financiados por Fu Man Chú (y un lugarteniente suyo con txapela). Decenas de miles de jóvenes se han ido de España porque aquí no tienen trabajo, y como el gobierno tiene claro que pueden regresar de golpe a exigir lo que es suyo, quiere convencerles de que están en verdad en un viaje de aventura. El Papa Francisco dice que el capitalismo es contrario a la ética cristiana y Rouco Varela, en conversación con Rajoy y Dolores de Cospedal, pone un amplificador a la guitarra de los Kikos y grilletes a las mujeres, no vaya a ser que sigan creciendo en derechos y digan que no aceptan ningún recorte más a sus libertades.
El vapor de la indignación flota en el ambiente. Falta la caldera que lo concrete y ponga a trabajar las turbinas. ¿Nos imaginamos una hucha común donde pudiéramos meter todos los ahorros de nuestra desobediencia? Una referencia sentida como propia entre los que luchan en Gamonal, en las mareas, en la verja de Melilla, en cada oposición a un desahucio, abriendo comedores populares, presionando a la burocracia en Bruselas, personada en las fosas y reclamando la memoria histórica, siendo voz contra el fracking y los transgénicos, ayudando a los emigrantes, siendo acusación particular en cada caso de corrupción, la voz común en el señalamiento a los corrompidos órganos de los jueces, defendiendo la ley de plazos en el aborto, siendo el impulso de cada atrevimiento a reinventar la convivencia común de los pueblos del reino, llenando de razón cada esquina del Estado para acabar con la medieval institución de la monarquía, velando por el cumplimiento de los derechos humanos por todos los rincones, impulsando órganos ciudadanos que regresen la mercancía “información” a su condición de bien común, siendo capaz de ser la patria que nos robaron en 1936. ¿Tan difícil es?
No tiene sentido que en mitad de la mayor crisis que nadie recuerda en nuestro país, la capacidad política de respuesta siga sumida en la impotencia. El PSOE desperdició su conferencia política por no querer escuchar a sus bases que le pedían incorporar demandas nacidas del 15M. Izquierda Unida, que siempre dijo que el espíritu de la indignación era el suyo se empeña en desperdiciar cada ocasión que se le brinda para romper con la lógica burocrática que fagocita a los partidos. En otros lugares del Estado, la izquierda más novedosa se ha acomodado en la identidad nacional y su principal fuerza y necesidad reside en que no hay nadie fuera que represente con credibilidad la invención -porque nunca la hemos inventado- de una España federal y de izquierda que se aprenda a sí misma de otra manera.
Estamos en un escenario donde el PP está cambiando el contrato social que hemos construido durante los últimos 35 años. La posibilidad que utiliza la derecha está en nuestra perplejidad convertida en impotencia. Por eso, la respuesta de la izquierda no puede ser la fragmentación eterna, contentarse con esperar que le caigan las migajas electorales de la mesa de los poderosos, resignarse a ser un mero corrector -hasta donde se pueda- de los desmanes del neoliberalismo, o pretender representar, desde la misma matriz de la resignación, lo nuevo, sin entender que antes le toca reinventarse a sí misma. ¿O es que puede la izquierda pedir al país que haga un proceso constituyente cuando la izquierda ha sido incapaz de poner en marcha ese proceso en su propia casa?¿Va a pedir a la gente que haga lo que ella no se aplica?¿Con qué credibilidad?
La respuesta de la izquierda no puede ser tampoco el reproche interminable dentro de las propias filas (a los que les pese demasiado el oprobio biográfico debieran tener la generosidad de dar un paso atrás). No puede ser, de igual manera, la reivindicación de demandas envejecidas o vestidas de gris que ignoren la necesidad de un nuevo lenguaje y un nuevo gesto. No puede ser en absoluto el maximalismo que se niega a seguir adelante porque ve sombras en cualquier amanecer (¿nos acordamos en la Puerta del Sol de asambleas de miles de personas frenadas porque una sola persona cruzaba los brazos negando su acuerdo?) ni la intransigencia de quien quiere imponer el cien por cien de sus presupuestos. Y, por supuesto, no puede ser una fachada de reivindicación de las mayorías, de reinvención de la democracia si no asume la radicalidad que exige la época para acabar con la corrupción, con el autoritarismo, el sexismo en todas sus expresiones, la destrucción de la naturaleza, el oprobio a los inmigrantes, la falta de honestidad en lo público y, en consonancia con lo que sigue siendo la contradicción principal de nuestras sociedades, que no asuma que el mundo del trabajo necesita ser reconstruido para que cada ciudadano y cada ciudadana tenga la posibilidad de relacionarse con los demás a través de un trabajo que no le robe la dignidad y le permita desarrollarse como persona.
Hace falta romper las tablas de la aburrida partida de ajedrez en la que estamos detenidos. Hace falta una candidatura unitaria a las elecciones europeas que nazca de un proceso de deliberación y decisión populares. Es el lugar y el momento. Quienes se nieguen a aprovechar la coyuntura para consolidar el proceso de unidad de la izquierda no han entendido lo que nos estamos jugando. Nunca fue más cierto que no nos sirve un trozo de la tarta: necesitamos reclamar la tarta entera. Los contratos sociales los arman las mayorías. Pero delante de nuestras narices lo están desmantelando las minorías. La Troika y su amparo alemán, el sector financiero nacional e internacional, el austericidio, las patronales europeas, se han erigido en enemigos de la democracia. Por eso decimos que el miedo tiene que cambiar de bando. Para que pierdan esa impunidad que tienen los ladrones, los corruptos, los que ofrecen trabajos basura, los que ofenden a las mujeres, los que quieren regresar a una España de sacristía, los que insultan la memoria histórica, los que vibran con Franco, los que expulsan a los universitarios de las aulas, los que niegan el acceso a una sanidad digna, los que tienen a este pueblo con la alegría robada. Los zapatistas se taparon el rostro para que se les viera. Ahora nosotros decimos que no para que podamos construir un sí que nos emocione.
Por todo eso movemos ficha. Para que todos y todas entiendan la oportunidad de hacer lo mismo.
jueves, 5 de diciembre de 2013
a desearos un poco de ilusión y niñez.
Oye, no te he pedido mucho.
Solo un poco de salud para todos,
suertecilla para los chicos
y un -no me olvides- para mí.
Quiero ese olor que me dejabas,
esa tranquila mirada de amor,
ese silencio en paz
y un presente en el recuerdo.
Duerme, y no pienses en mañana.
Yo, me acurruco en tu almohada
y sueño que estamos muy juntos;
porque de vez en cuando,
toco tu pelo y te doy un beso.
eugenio
jueves, 28 de noviembre de 2013
a RECORDAR A MIS MAESTROS, A MIS COMPAÑEROS Y A MIS ALUMNOS.

ES UN REGALO QUE HE ESCOGIDO DE MI ALUMNA MAYTE GONZÁLEZ A LA QUE SIGO CON MUCHO CARIÑO COMO DISEÑADORA Y QUE LE PIDO EL PERMISO PARA REGALARLO EN UN DÍA TAN ESPECIAL A MIS COMPAÑERAS/OS MAESTROS.
UN FUERTE ABRAZO.
Maestra,
eres y serás reina
de un pequeño país de enanos;
que cada mañana sentados en la alfombra,
abrirán ojos, oídos y boca
de sorpresa,
para oír de tus labios, historias
de caballeros de hojalata,
hadas con baritas mágicas,
brujas con escoba,
espantapájaros encantadores…
Y al que se duerma
lo despertarás cantando
a lo Judy Garland:
-¿Oe,oe?
Y ellos contestarán
En el recreo,
enredados entre tus piernas
tratarás no pisarlos,
arrimarlos a tu pecho
como muñecos prendidos
que buscan el calor de madre.
Al llegar la tarde,
los despedirás con tu sonrisa hechicera
para que sueñen con mundos
de fantasía y futuro.
Ya en soledad, dibujarás en la pizarra
con una nariz colorada
y unos zapatos de 7 leguas.
Te mirarás al espejo.
Te perfumarás con esencias de clase.
Meterás en tu bolso:
el cariño de tu corazón,
la simpatía de tu cara
y la ternura de tu alma de maestra
para traerlos al día siguiente
como nuevos.
EUGENIO
Ahí están
Ahí están,
¿recuerdas?
Entre cuatro paredes
plantadas, creciendo,
con sus pétalos abiertos
de suave espera,
tentadoras a una caricia generosa;
con aquel aroma de sombra de huerto,
despidiéndolo
con voces de adolescente frescor
en el firmamento,
cerrado,
de nuestra clase.
¿Recuerdas?,
cuando se estremecía el maestro
con aquellos ramos pinchándole las manos,
y nos decía
con voz entre tierna y enfadada:
pintad,
pintad cerezas,
porque son lágrimas del cielo
nacidas de los árboles.
Y les poníamos caras,
y les rayábamos sonrisas,
para después darles mordiscos
sobre aquella piel fina,
dorada y cárdena.
Luego,
con la ropa de todos los días
jugábamos a pitagorinos,
poetas y exploradores,
persiguiéndonos por los pasillos,
corriendo alocadamente
mientras graznaba la sirena.
Pero nuestros graznidos de polluelos revoltosos
eran más altos,
más intensos.
Gritábamos de sorpresa,
de placer, de alegría,
enmudeciendo el lamento del maestro,
rociándonos con la arena del patio,
revolcándonos en el charco de siempre,
bombardeándonos
con pelotas rotas.
¿recuerdas?
Entre cuatro paredes
plantadas, creciendo,
con sus pétalos abiertos
de suave espera,
tentadoras a una caricia generosa;
con aquel aroma de sombra de huerto,
despidiéndolo
con voces de adolescente frescor
en el firmamento,
cerrado,
de nuestra clase.
¿Recuerdas?,
cuando se estremecía el maestro
con aquellos ramos pinchándole las manos,
y nos decía
con voz entre tierna y enfadada:
pintad,
pintad cerezas,
porque son lágrimas del cielo
nacidas de los árboles.
Y les poníamos caras,
y les rayábamos sonrisas,
para después darles mordiscos
sobre aquella piel fina,
dorada y cárdena.
Luego,
con la ropa de todos los días
jugábamos a pitagorinos,
poetas y exploradores,
persiguiéndonos por los pasillos,
corriendo alocadamente
mientras graznaba la sirena.
Pero nuestros graznidos de polluelos revoltosos
eran más altos,
más intensos.
Gritábamos de sorpresa,
de placer, de alegría,
enmudeciendo el lamento del maestro,
rociándonos con la arena del patio,
revolcándonos en el charco de siempre,
bombardeándonos
con pelotas rotas.
Y cuando volvíamos
con los últimos suspiros de la tarde,
al refugio de nuestro hogar
con su calmado acento nos esperaba,
nuestra madre tierra,
nuestro padre huerto,
el de siempre;
con los últimos suspiros de la tarde,
al refugio de nuestro hogar
con su calmado acento nos esperaba,
nuestra madre tierra,
nuestro padre huerto,
el de siempre;
nuestro abuelo almendro,
nuestra abuela hierba buena
con su paciencia olorosa detenida,
esperando,
un último recuerdo de paz y sueño.
con su paciencia olorosa detenida,
esperando,
un último recuerdo de paz y sueño.
-Sabías que te quiero,
pues ya lo he dicho.
-Aquí me quedo jugando con la red
de una araña hortelana,
unas veces,
con un gif saltarín en mi blog,
otras;
esperando que vengas
o me llames,
o que digas ¡hola!
eugenio
eugenio
Eugenio.
lunes, 25 de noviembre de 2013
... a ponerme en tu piel, simplemente por intentar ser persona.

Soy culpable. (Relato de ficción)
Roberto salió de la casa de la chica, un ático de la calle Huertas, subiéndose el cuello de la gabardina y colocándose las gafas de sol, aunque eran las nueve de la mañana y el día estaba nublado. Nervioso miró a uno y otro lado de la calle y se dirigió con paso largo al Congreso de los Diputados.
Formaba parte de la comisión de Igualdad y tenía por delante mejorar la norma en relación con la violencia de género. No hizo ninguna aportación, se limitó a estar ausente del debate. Perdido en su propia ansiedad, dejó a su compañera de partido sola en la defensa de la ponencia que habían elaborado dos días antes. Estaba deseando que acabase la reunión, era viernes y tendría el fin de semana para reflexionar en su pueblo natal de Castilla la Mancha.
Cogió su coche que tenía en un aparcamiento cercano al congreso, recorrió el itinerario acostumbrado por las calles de Madrid y salió a la carretera de Andalucía. Puso un CD de música relajante que había grabado de internet y recordó vagamente una frase que había leído en algún texto colocado al lado del vídeo musical: “Entonces un Ser se hizo evidente ante los ojos de quienes en ese momento ejecutaban quejidos de ira y sufrimiento”.
Perdió la consciencia real de la carretera y se dejó llevar por la música a los recuerdos más cercanos, como sumergido en un sopor agradable y ansioso al mismo tiempo.
A Tatiana Ivanova, para él Ana, la había conocido en el parque del retiro, una de aquellas tardes que salía a despejarse de varias horas de reuniones parlamentarias o de partido. Él, iba leyendo algún suceso de violencia de género que había producido gran conmoción por su repercusión mediática, en la que había sido parte importante un programa basura. Ella, distraída, como en otro mundo, un mundo del que no sabía como poder salir.
El choque entre ambos hizo el resto.
Ella, mostró en su perdón angustia, soledad, indefensión, su intimidad insegura; no sólo pedía perdón, pedía ayuda. Él, en su disculpa ofrecía ayuda, cobijo, ternura, seguridad; no sólo se disculpaba, se ofrecía.
Del parque al ático de ella, un silencio de sentimientos compartidos, unas miradas llenas de complicidad, de necesidades insatisfechas, de deseo.
De la puerta del ático hacia la cama fue el espacio que necesitaban para unir con desesperación sentimientos y miradas.
En la cama, la complicidad, la necesidad satisfecha, el deseo hecho realidad, el paraíso donde cada uno, a su manera, querían perderse.
Así se había repetido el encuentro en las últimas semanas.
Cuando se dio cuenta tuvo que dar un volantazo para incorporarse a la carretera de los viñedos. El sopor y la ilusión de estar reviviendo una tarde más con Ana le hicieron perder la noción del tiempo y del espacio.
En veinte minutos estaba en su pueblo, delante de la puerta de su garaje. Su mujer y su hija de siete años le estaban esperando. Sus besos los sentía como besos de traición, los abrazos ensuciaban la armonía familiar que había mantenido hasta pocas semanas antes.
Sin explicaciones, sin palabras, subió al cuarto de baño, se dio una ducha que le quemaba el alma, se tumbó en la cama y se quedó sumergido en el abismo de un sueño de pesadillas.
El sábado lo pasó sonámbulo, parecía un fantasma que pasaba de una habitación a otra de la casa sin ningún motivo, sin ninguna necesidad. Las miradas de su mujer le acusaban, las sonrisas de su hija eran lanzas en su corazón. Trataba de esquivar unas y otras yendo y viniendo de allá hacia acá para no demostrar el nerviosismo, el desprecio y el sentido de culpabilidad.
El domingo salió temprano y se dirigió hacia la plaza del pueblo. No notó ni el olor a vendimia, ni el ruido de los tractores; sentía como su cuerpo era empujado de forma mecánica hacía el kiosco de Pedro. Cogió el diario acostumbrado y no supo si contestó a los - buenos días D. Roberto-.
Se sentó en un banco y sin reparar en los titulares de portada, instintivamente abrió el periódico por la página de sucesos; en la tercera página y al final de la segunda columna, escondida como en una pequeña tumba, encontró la noticia que nunca hubiese deseado.
Sin título “Ayer, fue encontrada una mujer muerta, al parecer, de nacionalidad rusa; identificada con las iniciales T. I. en su casa, un ático de la calle Huertas de Madrid. La mujer presentaba, según los primeros datos de la policía, evidentes señales de violencia en todo su cuerpo. Puestos en contacto con el servicio de información de la policía sólo hemos podido recabar que se está sobre los pasos de un hombre que podría ser su pareja sentimental”.
Se quedó pegado al banco, los ojos fijos en las iniciales T. I., las piernas entumecidas, la cabeza congestionada, el corazón roto. No supo cuando se puso en pié ni cuando Pedro le ayudó a levantarse del suelo, ni el tiempo que había estado andando por aquel camino que tiempo atrás tantas veces había recorrido con su padre. Tubo conciencia de la realidad cuando los rayos del sol, sorteando las ramas medio desnudas del almendro centenario, herían sus ojos.
Volvió sobre sus pasos, llegó a su casa, su mujer esperaba impaciente con la mesa puesta, no comió, subió a la habitación, llenó su pequeña maleta con lo primero que encontró en el armario, dio un beso a su mujer y a su hija y sin más explicaciones que –es urgente que regrese a Madrid-, subió al coche y se puso en carretera.
Ya en el piso alquilado por el partido a la espalda del congreso, como león enjaulado pasaban las horas tan deprisa, cuando sus intenciones eran las de rendir cuentas y desvelar lo que le oprimía, como despacio cuando su cabeza le decía lo contrario.
Por fin, sobre las cuatro de la madrugada, se puso la gabardina, bajo a la calle y se dirigió a casa de Tatiana. Entró en el portal utilizando un juego de llaves que Tatiana le había proporcionado en su tercer encuentro. Sigilosamente subió las escaleras, el bloque estaba dormido, llegó hasta la puerta del ático que estaba precintado por la policía con cinta judicial, su enfundó los guantes y despegó la parte de cinta que cruzaba la puerta con el marco, abrió la puerta, la cerró por dentro y se dirigió al dormitorio. La luz lunar que entraba por la ventana medio abierta de la azotea dejó atisbar los rastros que había dejado el cuerpo de Tatiana. Se fijó en la única silla que había en el dormitorio, palpó por debajo del asiento, estiró de la grabadora que seguía allí sujeta por la cinta de celo y se la metió en el bolsillo. Echó una última mirada de nostalgia y desconsuelo a la cama revuelta y enrojecida y salió de la casa con la misma precaución que había entrado.
Ya en la calle, anduvo sin rumbo por las callejuelas del barrio. Sólo oía su corazón como golpeaba sus costillas, sólo quería alejarse del lugar. La sirena del coche de policía le puso más nervioso pero solo duró unos segundos, se fue apagando en el espacio y en el tiempo.
En una de las plazoletas de Tirso de Molina, buscó el banco más escondido y menos iluminado, se sentó, sacó la grabadora, rebobinó, le dio al play, se la puso en el oído y pudo escuchar todo lo que sucedió aquel sábado nefasto.
Ya casi al final de la cinta sólo pudo escuchar los espasmos y quejidos cada vez más cadenciosos de Tatiana y por fin el silencio, salpicado por el canto del reclamo maternal de los pequeños gorriones en el quicio de la ventana.
Rebobinó hasta el momento del suspiro de la muerte, puso en marcha la grabadora y pegándosela a los labios susurró:
-Me llamo Roberto Castillejos y soy diputado… Yo conocí a Tatiana… Sabia de su sufrimiento y no hice nada… Besé sus moratones y no hice nada… Restañé sus heridas con mis labios y no hice nada… Soy culpable.-
Las lágrimas recorrían sus mejillas y el nudo en su estómago le hizo vomitar.
Con furia y cobardía lanzó la grabadora sobre el suelo y la pisoteo hasta dejarla hecha pedazos que fue recogiendo uno a uno. Eran los quejidos de Tatiana salpicados con sus lágrimas. Abrió el contenedor de basura y los tiró, con amargura, dentro. Cerró la tapa y se marchó a su piso.
Al día siguiente se dirigió al congreso y presentó al representante de su grupo parlamentario su dimisión irrevocable como diputado aduciendo problemas familiares incompatibles con el desempeño de su cargo, más tarde entregó a su compañera de partido el dossier sobre la ponencia en la que habían estado trabajando las semanas anteriores.
En la última hoja del dossier se podía leer, escrito a lápiz y de forma borrosa, como si el texto hubiese sido salpicado de gotas de agua por haberse lavado las manos o por haber llorado encima de él…
“Yo también soy culpable”.
EUGENIO CARRASCO MENA (TODOS LOS DÍAS DE TODOS LOS AÑOS)
lunes, 18 de noviembre de 2013
¡¡VAMOS A AYUDAR A FLIPINAS!!
martes, 10 de septiembre de 2013
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